jueves, 11 de octubre de 2012

Mis compañeros de piso


Cuando vivía con mi abuela en mi primeros años de universidad, a la pobre se le gastaba la saliva de regañarme para que ordenara mi cuarto:

-Tienes que empezar a ser más apañada, que si no no te vas a casar nunca.
-Abuela, no seas antigua. Pero si mi novio sabe cómo soy y le da igual.
-¿Que le da igual? Ay, hija, pues entonces es que es un santo varón.

Pues sí, al cabo de unos años encontré un santo varón que tuvo a bien casarse conmigo. Por eso de preservar el anonimato y la intimidad, lo llamaremos así: Santovarón.

Mi Santovarón no sólo conocía mi faceta desastre, sino que era mi complemento ideal: un hombre apañao. Más que apañao, "ultraapañao". En nuestros primeros meses juntos se encargaba de hacer la compra, de poner lavadoras, de hacer la comida.  Al final, todo santo varón, por muy santo que sea, tiene un límite. Y un día se le inflaron las narices y me echó la bronca. Pero no es fácil cambiar del día a la mañana. Cuando se juntan una desastre y un maniático-del-orden, es inevitable que salten chispas. Hicieron falta unas cuantas broncas para que yo me pusiera las pilas y me enmendara un poco. Y otras cuantas más para que él cediera y tolerara sin que le saliera una urticaria un poco de desorden en su vida.

Pero la paz y tranquilidad duró poco. Como mi Santovarón, además de apañao, era un padrazo en potencia y ardía en deseos de tener niños, sólo celebramos un aniversario como familia de dos. En nuestro segundo aniversario ya nos acompañaba un pequeño terremoto. Llamémosle, por ejemplo, Juanito. Os podría contar que tiene unos ojazos preciosos y una sonrisa pícara encantadora. También os podría contar que me come muy mal y que aún no duerme del tirón. Pero ya tendréis tiempo de aburriros de que hable de él (lo siento, es mi blog).

Para el tercer aniversario, ya teníamos en casa a la hermanita, una croquetilla sonriente de 3 meses. Llamémosla, por ejemplo, Lagorda. Como buena segunda de la casa, es muy tranquila. Come y duerme. Y cuando se despierta, lo primero que hace es sonreír. Aunque esté sola. Algunas mañanas, cuando vuelvo al dormitorio después de darle el desayuno al hermano, me la encuentro sonriendo al techo, tan feliz.

Y hasta aquí llega mi pequeña familia. No, no tengo intención de ampliarla. Como le dije a mi Santovarón en medio de los dolores de parto, “ya  no me engañas más”.





2 comentarios:

  1. jejejejejeje.

    ¿Ya no te engaña más? a tí no te engañan, tú más bien te auto-engañas d q una puede con todo !!! jejejejeje.

    ainss... ya me gustaría a mí tener a ratos a tu marido por aquí (q la plancha y la ropa hacen una montaña en el dormitorio que da miedo esperando q le metan mano jejejejeje, q apañao es Santovarón).

    besos

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    1. Tienes razón, en el fondo me auto-engaño yo solita, o más bien no medito mucho las cosas y me dejo llevar por impulsos. Qué le vamos a hacer.
      Y la plancha, ay, es un horror...jejeje.
      Besos.

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